FILOMENO_ A MI PESAR

FILOMENO_ A MI PESAR

Author:Gonzalo Torrente Ballester
Language: es
Format: mobi
Tags: dramaturgy, sf_social
Published: 2010-03-01T00:00:00+00:00


III

Vinieron días de huelga general y agitación, esta vez proletaria. Poco había que hacer en la calle, y el señor Magalhaes me sujetaba al despacho con su versión personal de lo que estaba pasando: una mezcla de miedo y de alegría que deformaba las informaciones fidedignas (más o menos) que yo podía leer; sus largas conversaciones me sirvieron para ir enterándome de la situación internacional, lo cual, si por una parte me ayudaba a entender el mundo en que vivía, por la otra contribuía a soportar el aburrimiento. Pero las cosas fueron calmándose. El señor Doumergue organizó un ministerio en el que figuraba el mariscal Pétain, con otros generales, y yo pude, por fin, asistir a la representación de Tovarich sin miedo a ser golpeado por la policía. El señor Magalhaes me envió al teatro como si fuera a un mitin: no conocía mis aficiones, despiertas y cultivadas en Londres. Yo estaba acostumbrado a juzgar el teatro como tal, no como un panfleto, y a poco de empezar la comedia me sentí incómodo: era floja y escasamente convincente. Así lo dije en mi crónica, de la manera más inocente posible, pero al señor Magalhaes le disgustó. «Usted no es suficientemente anticomunista —llegó a decirme—. La existencia de un comunista malo no quiere decir que todos lo sean. Como suele decirse, una mosca no hace verano.» «Pero ¿está usted de acuerdo con los horrores de Stalin?» «No, por supuesto.» «Pues eso es el comunismo.» «Los horrores de Stalin no aparecen para nada en la comedia. Lo que yo fui a juzgar fue una pieza dramática. Como tal, Tovarich es una mediocridad.» «Pues podía usted callárselo. Pienso, por lo menos, que no todo el mundo será de su opinión.» «Efectivamente, los espectadores de ayer tarde aplaudieron a rabiar, como siempre que los buenos triunfan sobre los malos, aunque, en este caso, haya influido el recuerdo de los días de huelga.» «¿Y eso no le parece suficiente?» «Me permito recordarle que el éxito de la comedia no se oculta en mi crónica, lo digo expresamente: el público aplaudió a rabiar.» «Pero da a entender que usted no aplaudió.» «Efectivamente, señor Magalhaes, no aplaudí, pero por razones de buen gusto.» El señor Magalhaes quedó refunfuñando, y fue entonces cuando sonó el teléfono. Lo cogió y escuchó. «Alguien pregunta por usted. Una mujer extranjera.» Pegué un salto y cogí el auricular. «Ursula I am.» Al señor Magalhaes le molestó visiblemente que mi conversación con Ursula fuese en inglés. «¿Señorita tenemos, don Filomeno?» «¿No le preocupaba tanto mi soledad?»

Fue muy escueta, Ursula, como si hablase con testigos. Convinimos en encontrarnos en el café Procope. Llegué antes que ella y, mientras duró la espera, me acució la impaciencia. Dudé hasta verla entrar. La vi llegar, miró alrededor, me descubrió en seguida. Nos abrazamos en medio del pasillo, delante de unos comensales indiferentes a nuestro abrazo, indiferentes también nosotros a su presencia. «Meu meninho, meu meninho...», repetía. Nos sentamos cogidos de las manos, mirándonos en silencio. Ella había



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